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Cuerpos que se sostienen: el drag como acto político
Crónica · Género

Cuerpos que se sostienen: el drag como acto político

por Camila Fernandez Steinbach

Hace algunas semanas recibí una invitación a la competencia “Drag Rush”, la semifinal de una batalla Drag en el epicentro de Buenos Aires, y como era de esperarse, no se pareció a nada que el entretenimiento convencional pueda proporcionar. Lo que ocurrió en el escenario —y sobre todo detrás de él— desafía la idea de que la performance individual es el único motor del éxito.

Por falta de conocimiento del espacio, imaginé que la jornada iba a estar marcada por algún tipo de artificio que exacerba lo femenino, pero me sorprendió la revelación de una red de contención tangible y la certeza de que en el mundo drag, así como en el de las mujeres y disidencias, el “yo” existe sólo a través del “nosotras”.

Atravesamos un pasillo hacia los adentros de una casona antigua en el corazón de Palermo Soho —un territorio rodeado de bares ajenos a las geografías habituales de quienes somos parte de la comunidad— y el tiempo pareció suspenderse. Lo que encontramos del otro lado de la puerta pasó de ser un mero entretenimiento a ser la encarnación de una asamblea clandestina, un refugio donde las últimas horas de un día de semana se estiraron hasta las cuatro de la mañana sin que nadie mirara el reloj, expectantes de una competencia que latía con la fuerza de un secreto compartido.

Este espacio operaba como una tecnología de supervivencia, compartiendo entre todas las herramientas necesarias para mantenernos con vida. Como supo escribir Pedro Lemebel, el cuerpo funcionaba como documento político que, frente a la hostilidad de mandatarios que nos quieren grises e inexistentes, se embadurna de color para recordar que seguimos vivas, desafiantes y, sobre todo, juntas.

El 3 de Julio escuchamos a Madonna plasmar la misma atmósfera de resistencia en Confessions II, especialmente en la certeza de I feel so free cuando la pista de baile deja de ser un espacio de evasión para convertirse en un acto de redención. En esta casona con carteles neón los cuerpos segregados ejecutamos la liturgia: el lipsync trascendió el arte de la imitación transformándose en una declaración de principios.

El público tuvo el placer de presenciar una precisión artística que superó las expectativas del circuito amateur en una competencia que desfiló por contrastes diversos: desde la feminidad clásica y la referencia a personajes conocidos por todos, hasta propuestas alternativas con caracterizaciones que se acercaban a lo terrorífico. Más allá de contar con un jurado, los lipsync fueron tan impecables que los desempates quedaron determinados en más de una ocasión por la energía de un público que alentaba como si se tratara de un partido del mundial. El compromiso con las mostras parecía ser el impulso a una expresión de lo que, quienes estábamos del otro lado, aspirábamos a ser.

La sensibilidad de la noche alcanzó su punto más alto durante la semifinal, cuando cuatro competidoras se disputaron la corona bajo el arcoíris que vestía el escenario. Allí vimos el duelo entre una madre drag y su hija transformando la contienda en un reconocimiento público de la colaboración y mentoría. Trakina Fluxx, ganadora de la batalla, atribuyó su trayectoria al apoyo incondicional de Aurora Fluxx, su madre drag, colmando de emoción los ojos y el corazón de los espectadores mientras el evento se consolidaba como una celebración de la genealogía compartida y el aprendizaje mutuo, donde la corona representó la culminación de ese proceso colectivo.

Fuera de las luces del escenario descubrimos una arquitectura invisible. Gracias al impulso por la charla de mi acompañante pudimos conversar con un integrante del “equipo de marketing” de Skynny Caramel, una de las protagonistas de la noche. Él nos permitió asomarnos al taller, donde es fundamental tanto la planificación de los trajes y el maquillaje, como el diseño de cada impacto visual formando una red invisible que sostiene a la performer. El sticker que nos regaló después de ver nuestro entusiasmo nos dio la certeza de que nadie llega al spotlight caminando sola.

Un integrante de una comunidad de doce artistas nos describió la realidad detrás de la performance: sostener una obra de teatro grupal durante cuatro años, equilibrando doce personalidades y sus egos, requiere un esfuerzo colectivo constante. “La clave para durar es ayudarnos entre todas”, confió, dejando en claro que el agotamiento de la dirección es el costo de mantener unida una estructura que prioriza el compromiso y acompañamiento absoluto.

La experiencia constituyó un ejercicio de desdoblamiento. La noche empezó trucándonos las cejas entre la ansiedad por el tiempo que nos corría y los nervios a ser juzgadas por no llegar al nivel de profesionalismo de nuestras pares. Esta jornada no queríamos ser espectadoras, buscábamos habitar el espacio. Lo que para algunas artistas es una coreografía de “tiempos drag” —donde las ocho de la noche derivan naturalmente en las doce—, para nosotras significó un bautismo de paciencia. Nunca hubiera imaginado que iba a fracasar tantas veces intentando darle forma a un delineado, debería haber recordado cómo terminaban mis ojos a los quince años después de desperdiciar toneladas de maquillaje por no lograr la forma que buscaba.

Al estar maquilladas, el entorno nos leyó como parte y desde que cruzamos la puerta recibimos halagos incluso de las mismas artistas que competían. Llevábamos la inseguridad a cuestas, sintiendo que nuestra propuesta era apenas un boceto frente a la sofisticación ajena, trazando una brecha entre la autopercepción y la generosidad del ambiente, pero siendo un cruce de miradas fundamental para comprender la filosofía del entorno. Por mi desconocimiento y falta de manejo fluido del lenguaje drag, mi compañera oficiaba de traductora mientras yo asentía con la cabeza y observaba la escena con atención. Gracias a la vulnerabilidad compartida pudimos escuchar historias de compromiso y hermandad que difícilmente habrían surgido si nos encontrábamos en posición de extranjeras.

Al volver a nuestras casas, con el maquillaje empezando a ceder en la piel y el cuerpo sintiendo el peso de las horas de desvelo, la sensación fue la de haber atravesado un espejo. Despojándonos de las capas de pintura, teníamos la certeza de que la noche se había quedado impregnada con más fuerza que la base blanca que teníamos en los ojos.

Después de la batalla, las coronas y los aplausos permanecen en el escenario, pero nos llevamos la certeza de que el compromiso con el otro sigue siendo la mayor forma de valentía política. Mientras el mundo nos empuja a competir, haber sido testigos de esa red de contención nos devuelve la esperanza de que el talento propio alcanza su plenitud sólo cuando se entiende como una extensión de lo colectivo. Siendo capaces de sostener a la otra en su brillo, logramos que nuestra propia luz sea, finalmente, inquebrantable.

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