
Protect the dolls: una consigna lo suficiente buena
Escribo estas páginas desde una posición ambivalente. Pertenezco a una generación y una extracción de clase privilegiada de travestis y mujeres trans que accedieron a la educación formal, al mercado de trabajo, a las políticas identitarias, a las leyes que amparan la salud. Vivimos conquistas por las que lucharon y murieron compañeras que vinieron antes que nosotras. Tenemos condiciones de vida impensadas para muchas de nuestras antecesoras. Esta experiencia nos vuelve particularmente susceptibles a los discursos de visibilidad, al mismo tiempo que nos obliga a preguntarnos por el fuera de campo de la misma.
Las “travas chetas” somos, en algún sentido, las hijas afortunadas de las luchas travestis de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Nacimos con el derecho a nombrarnos legalmente, a operarnos y hormonizarnos gratuitamente y a acceder al cupo laboral. Nuestra existencia no invalida la precariedad estructural que acucia la vida de muchas compañeras, pero sí nos permite pensar que la categoría de travesti ya no representa una identidad homogénea. Cargamos con los cadáveres insepultos de nuestras muertas en la consciencia, el cementerio en la cabeza del que habla Marlene Wayar, a la vez que tenemos la responsabilidad política de estar a la altura de su legado.
En un contexto de persecución simbólica, política y material de nuestra existencia, tanto desde la extrema derecha global como de los sectores más cisheteronormados del progresismo, la campaña solidaria de Protect the dolls es una victoria histórica del colectivo transfemenino. Nacida en contra del lobby neofascista y transfóbico de Donald Trump, el término refiere a la cultura del ballroom, asociada históricamente a identidades afroamericanas y latinas. La campaña se extendió por todo el mundo gracias al apoyo de figuras públicas en redes sociales y eventos masivos. Ante una categoría que nombra identidades propias de los Estados Unidos, nos toca preguntarnos, como sudakas: ¿qué sucede cuando una categoría situada se convierte en categoría universal?
La categoría de doll parece permear a las generaciones más jóvenes de travestis y mujeres trans, nombrándose de esa forma en foros y las redes sociales en general. El término puede verse desde un ángulo político, la reivindicación de nuestros cuerpos prostéticos, intervenidos médicamente, de goma y plástico. Las muñecas están asociadas a un tipo específico de feminidad delgada, hegemónica, maquillada y femme. Pero el problema no reside solamente en esa estética, sino en la pretensión de que una experiencia histórica y culturalmente situada pueda nombrar por igual a todas nuestras existencias. Y ese puede ser uno de los riesgos de universalizar esa forma de nombrarnos: ¿acaso todas buscamos ese ideal de feminidad? Las posibilidades de transformación hormonal y quirúrgica no son las mismas en todas las latitudes del planeta, ni siquiera de Sudamérica y Argentina. Por ejemplo, en Las malas, Camila Sosa Villada cuenta cómo sus compañeras se inyectaban aceite de avión e implantaban siliconas baratas con un riesgo altísimo de generar daños irreparables en el cuerpo. Mis amigas trans, en cambio, me recomiendan cirujanos de excelencia para hacerse las tetas. Pero no todas queremos hacernos implantes o la reasignación genital, o perseguir una feminidad hegemónica y cishetero. Me acuerdo de poemas de Mariposa Trash donde defendía su transfeminidad a pesar de sus consumos culturales alejados del tipo ideal de “cultura puto”: escucha La Polla Records, no Britney.
Entonces, nombrarnos universalmente como muñecas borra las feminidades alternativas, disidentes, mostris. Pero la categoría de travesti también hay que entenderla de forma situada espacial e históricamente. La mediatización de la transfeminidad en este país siempre estuvo asociada al espectáculo, la burla o el fetiche sexual. Hoy en día, a nivel global, la aparición de modelos, cantantes y actrices trans muestra una victoria histórica, a la vez que corre el riesgo de subsumirnos a las formas simbólicas de representarnos que tienen los medios de comunicación masivos. Si las personas trans luchamos históricamente por el derecho a nombrarnos, eso no implica que debamos reconciliarnos plenamente con los conceptos que nos constituyen. Ningún nombre agota la experiencia travesti. Entre la experiencia vivida y su representación permanece una distancia irreductible. La tarea crítica consiste precisamente en habitar esa distancia.
A su vez, la idea de protección desplaza la discusión de las necesidades básicas y derechos hacia una visión paternalista de vulnerabilidad. La pregunta no es si las personas trans deben ser protegidas —pregunta cuya respuesta resulta evidente—, sino qué significa proteger, quién protege, bajo qué imaginarios políticos y con qué horizonte de transformación social. La solidaridad merece ser pensada con el mismo rigor que la dominación. Que una consigna sea justa no significa que sea transparente. ¿A quién está dirigido el imperativo de protegernos? ¿Al Estado, a la comunidad LGBT en general, a la policía, a nuestras familias? Proteger nunca es un gesto neutral: supone siempre una relación entre quien protege y quien es protegido. Nuestras luchas históricas siempre se movieron entre las exigencias a las instituciones de reconocernos y brindarnos los derechos que nos corresponden como ciudadanas y la sospecha ante la violencia que siguen ejerciendo sobre nosotras. Antes que una política de cuidado, más orientada a una protección individual, las exigencias deberían dirigirse hacia políticas de derechos, autonomía y condiciones de vida dignas.
La campaña funciona muy bien como imagen para postear en redes sociales. La solidaridad que consiguió entre personas famosas, posando con remeras con la consigna, posteándola en sus redes sociales y hasta siendo reproducida por marcas de ropa en sesiones de fotos, es una clara señal de sensibilización por parte de un gran sector de la sociedad. Pero es necesario interrogar esas mismas condiciones de existencia de la solidaridad. En la contemporaneidad, muchas campañas políticas ligadas al progresismo o la izquierda circulan como performance, tendencia y consumo. Incluso sigue existiendo una fetichización y condescendencia ante influencers trans, las “travestis malas” que funcionan de alivio cómico en las redes. El activismo detrás de una pantalla puede ser moralmente satisfactorio, pero políticamente mustio. No podemos conformarnos con una remera o discutirle a trolls derechistas en Twitter o Reddit, o reírnos con los posts de Cornudaposting o Victoria Nicole, cuando en la calle nos matan por el simple hecho de existir, . Quizás Protect the dolls sea una consigna lo suficientemente buena para producir una identificación colectiva y volver visible una violencia que demasiados prefieren ignorar. Pero ninguna consigna puede reemplazar la política. Ninguna remera puede garantizar una vida vivible. Una consigna lo suficientemente buena debería ser una exigencia insolente, rabiosa y urgente ante el ataque a nuestras condiciones de vida, una defensa inconformista de nuestro derecho a existir.