Me sumergí en la curiosidad infinita de la prensa femenina argentina, pero no cualquier prensa. Indagué en las primeras mujeres que escribieron para otras, para las que leen, que crearon un discurso desobediente a la época y fortalecieron un lazo social femenino cuando los espacios entre nosotras eran escasos, excluyentes y reglamentados. ¿Cómo era el diálogo entre las mujeres de una Argentina primitiva y recién nacida?
Cabe decir, en una Buenos Aires de pocas mujeres y muchísimos hombres que provenían del interior del país o de Europa: ¿quiénes eran las mujeres argentinas y qué relación había entre ellas? Los espacios particularizados y endogámicos no bastaron para la necesidad de alzar una voz femenina que cobre fuerza por el valor colectivo, y sobre todo, por un valor productivo: las primeras argentinas -escritoras y lectoras- que toman el coraje de la desobediencia para hacer de su voz, una cuestión pública.
La Aljaba fue el primer periódico dirigido y escrito por una mujer, que interpelaba explícitamente a un público femenino. Se publicó en Buenos Aires entre finales de 1830 y principios de 1831.
Petrona Rosende de Sierra era una mujer emigrada uruguaya que no participaba de manera formal en la dirección de La Aljaba. Dedicada al bello sexo argentino.
Fue directora y única redactora, que por circunstancias no casuales, jamás firmó como tal. Su enunciación estaba orientada a la defensa de la mujer de la elite rioplatense, considerada y merecedora de servirse de las virtudes de la educación, la religión y la moral.
Su contemporánea La Argentina - dirigida por Manuel de Irigoyen, quien escribía bajo falsas identidades femeninas- sostenía una postura crítica hacia la participación política activa de las mujeres, en contra de la figura de la “mujer facciosa”. En cambio, promovía el retorno de las mujeres al ámbito doméstico, considerado el espacio desde el cual debían desempeñar su función civilizadora y contribuir a la pacificación social tras los años de la Revolución y las guerras de independencia. Un hombre que se disfrazó de la voz de las mujeres para imponer a otras mujeres el mandato masculino. Convengamos que necesitó de su disfraz para ser oído, leído. Más allá de estas vicisitudes, La Aljaba representó un hito en la incorporación de las mujeres al periodismo argentino del siglo XIX y a los debates culturales de carácter público.
Veinte años después, en abril de 1852, surge el periódico La Camelia y finaliza el 20 de junio con treinta y un números. Las responsables accionaban desde el anonimato.
En la sección Correspondencias del primer número, un diálogo entre una lectora afín al periódico y un caballero curioso permite revelar que eran tres las mujeres responsables de llevar adelante el proyecto editorial. La pregunta era insistente: ¿quiénes son las autoras?
«Queridas redactoras de La Camelia:
…-¿Será sin duda por decirse redactado por mujeres?
-Así es.
-Pues creo os equivocais; el redactor será algún hombre bajo el anónimo de mujeres.
-No, señor.
-¿Según eso conoceis las Editoras?
-Sí, señor. (..) las redactoras son tres señoras y me jacto en decir amigas mías, ellas…
-Bien, sea, pero en tal caso podías decirme sus nombres.
-No, señor, porque ese secreto no me pertenece.
-Ja, ja; ¡qué lindo modo de evadirse!
(La Camelia, Nº 1, 11 de abril de 1852)
Según esta correspondencia, numerosos hombres manifiestan curiosidad por conocer la identidad sexual de quienes estaban a cargo de la publicación.
Al mismo tiempo, algunas lectoras mantenían una actitud de complicidad y fidelidad hacia las autoras al preservar el anonimato de sus nombres. El empleo de seudónimos podría interpretarse no como una señal de debilidad, sino como una estrategia política destinada a desvincularse del peso del apellido familiar o del apellido conyugal.
Nosotras, como autoras contemporáneas, no tenemos un anonimato análogo a las autoras de La Camelia con la globalización de ser mil caras en Internet. Pero si las distintas máscaras que comportan los perfiles de nuestras redes sociales prestan una suerte de performance con nuestra identidad: ¿quiénes somos para nosotras, o quiénes somos para ustedes? Es un interrogante sin respuesta que podría despertar ciertos furores en la redacción masculina, muchas veces incestuosa.
Sin buscar herir sensibilidades, el monólogo masturbario -sin lazo discursivo- entre varones que se escriben y se leen con el afán de la aprobación de los unos con los otros, parece ser una tradición que se mantiene hace 200 años
¿Quiénes son los varones que tienen el deseo genuino de escribirle a mujeres? Algunos, sin intenciones honestas, se vieron obligados a escribir bajo seudónimos femeninos para ganar su atención femenina. La atención femenina como ganancia, y no como una oportunidad cultural, sigue implícitamente vigente en la actualidad.
Hoy no necesitamos estrategias políticas para poner nuestro nombre y apellido, el cuerpo y el propósito en cada palabra. Quizá se deba, a que 200 años atrás, existieron mujeres que trazaron un futuro posible que capacita nuestro presente.
La Buenos Aires de la época era una ciudad pequeña, donde las mujeres que se atrevían a participar públicamente podían verse expuestas a situaciones de hostigamiento o violencia. La Camelia fue objeto de fuertes ataques por parte de dos periódicos: El Padre Castañeta impulsó una extensa campaña de desprestigio; por otro, El Torito Colorado le dedicó comentarios críticos.
Como consecuencia, Rosa Guerra, señalada como una de las posibles editoras, publicó en Los Debates un testimonio en el que negaba su vinculación con ese medio. Sin embargo, las aclaraciones hechas no satisfacen a aquellos dudosos que insistieron en mantener el debate. El diario El Torito Colorado es un ejemplo de ello.
A las editoras de La Camelia:
«Esperamos que Ustedes nos perdonen la ofensa que le hacemos en no creer que la señorita Guerra no sea una de las principales redactoras de su fenómeno periódico y por esto esperamos que cumplan la promesa que habéis hecho de dar vuestro nombre y apellido, de este modo sabremos si sois feas, lindas, viejas o mozas, gordas o flacas, casadas o solteras. Los dos hermanos.»
(El Torito Colorado, Año I, 13 de mayo de 1852)
Claro está que si hay una curiosidad persecutoria en las escritoras de hoy, el énfasis no está puesto en si somos gordas, flacas, casadas, solteras. No, ¿no?
El contraste con el anonimato de las redactoras de La Camelia es nuestra sobreexposición virtual, que a su vez, no dice nada de nosotras: ni nuestros nombres y apellidos, solterías y promiscuidades, nuestros cuerpos e intimidades podrán ser parcialmente develados en lo performático de la virtualidad. No somos lo que mostramos para los otros, pero la escritura no nos deja evadirnos de nuestras esencias, inquietudes e intenciones.
La producción de la palabra no nos protege de aquello que producimos en la imagen. Lo más cercano a un pseudo-anonimato, es que aquellos curiosos por nuestra escritura, sepan más de la escena representativa impuesta por nosotras, que aquello que nos interpela con lo que escribimos.
Juana Gorriti es considerada la primera novelista argentina. Una mujer que revolucionó su época como escritora. Sin embargo, ¿qué sabemos de lo que escribió?
“No hay americano que no conozca la leyenda doméstica de esta mujer extraordinaria. Pero la nombradía literaria de la señora Gorriti es, puede decirse, convencional: todos hablan de las obras de la novelista americana, pero muy pocos las han leído.”
(Luis Desteffanis, La Revista Literaria, 1866)
Entonces, ya se indagó bastante sobre quienes son las autoras. Pero, ¿quiénes son las lectoras?
El análisis de la sección Correspondencias de La Camelia permite advertir que sus interlocutores se repartían de manera relativamente equilibrada entre mujeres y hombres. Este dato resulta significativo si se considera que una encuesta realizada en Buenos Aires en 1856 registró 14.667 mujeres alfabetizadas frente a 10.212 varones, lo que evidencia que existía un importante corpus femenino con capacidad e interés por la lectura y la comunicación.
Puede suponerse que el alcance de este periódico fue creciendo progresivamente. Esta hipótesis se apoya en un pedido de disculpas publicado en uno de sus números por inconvenientes en su distribución. Allí, las editoras señalaban que “un reparto nuevo y numeroso demanda algunas dificultades para su arreglo”, lo que permite inferir un aumento en la cantidad de suscriptores y lectoras/es. La difusión de La Camelia puso de manifiesto una tensión en la toma de palabra en el espacio público: la visibilidad que permitió a las mujeres hacerse oír y construir una red de intercambio entre ellas también las volvió objeto de vigilancia, críticas y agresiones. Por supuesto, el odio sistematizado sólo puede sostenerse por un interés irrefrenable.
«Mucha importancia le damos con esto; pero nos horripila tanto el ver a una muger escribir de política en días críticos, como ver suelto por las calles a un perro rabioso»
(Periódico La Prensa Nacional, Año I, 22 de junio de 1852)
De cualquier manera, era para ellas más importante la inclusión de la mujer a la cultura, a la sociedad y a la discusión política que el peso que estos hombres suscitaban sobre su trabajo. La anunciación en los medios sigue variando significativamente si quien anuncia es un hombre o una mujer: evidentemente no es lo mismo el castigo social que recibe una mujer que anuncia una muerte falsa por un error de producción, que la reacción social ante un hombre en un noticiero opinando sobre la “soltura física” y el modo de caminar de una chica de catorce años, víctima de femicidio. La diferenciación sexual de la anunciación en los medios públicos es una herencia todavía vigente.
Para La Camelia, la carga más significativa no era la reacción de la “otra” prensa, sino el peso del recorrido histórico donde la mujer era apenas un elemento pasivo de la patria, y no parte de ella.
«… Durante veinte años se había condensado ocultando nuestro pasado, mostrándonos un presente de sangre, devastación, humillación, dolor, llanto y desesperación: de él surgían cual espectros el terror, la muerte, la delación, la calumnia y todos los monstruos que creará la tiranía.»
(La Camelia Nº 1, 11 de abril de 1852)
«…la infeliz muger, en medio del bullicio de la sociedad que la atormenta le halaga la sola esperanza de ser útil a su patria, a sus amigos y a sí misma le hace soportable esa cadena de frecuentes padecimientos, que ha forjado la tiranía de los hombres, burlándose de las leyes de la naturaleza…»
(La Camelia Nº 4, 18 de abril de 1852)
Resulta importante señalar que estas mujeres cuestionaron e intentaron transformar las limitaciones impuestas por el orden patriarcal desde el interior mismo de ese sistema, utilizando los márgenes que este les permitió para producir una intervención novedosa. Sus vidas se encontraban fundamentalmente ligadas al ámbito familiar y al matrimonio, y desde allí intervinieron.
Sin embargo, el deseo de ser reconocidas como mujeres de su tiempo, capaces de debatir los grandes asuntos nacionales en un contexto de apertura democrática y de reflexionar sobre las desigualdades que las afectaban, contribuyó a la configuración de una nueva figura femenina. Se trataba de mujeres que, influenciadas por las corrientes modernas provenientes de Europa, comenzaban a reclamar reconocimiento y participación en tanto eran ciudadanas.
En el mismo contexto, en el año 1854, la escritora y maestra Juana Manso dirigió la revista Álbum de Señoritas buscando promover la instrucción de las mujeres y su emancipación cultural. Con un propósito similar a La Camelia -y también desde un círculo intelectual y privilegiado-, Juana presenta el primer número físico hablándole a las mujeres, a sus lectoras, y con una idea clara que la Argentina del siglo XIX pueda diferenciarse y singularizarse de Europa.
«Todos mis esfuerzos serán consagrados a la ilustración de mis compatriotas, y tenderán, a un único propósito: emanciparlas de las preocupaciones torpes y añejas que les prohibían hasta hoy hacer uso de su inteligencia, enajenando su libertad y hasta su conciencia, a autoridades arbitrarias, en oposición a la naturaleza misma de las cosas, quiero, y he de probar que la inteligencia de la mujer, lejos de ser un absurdo, o un defecto, un crimen, o un desatino, es su mejor adorno, es la verdadera fuente de su virtud (...) Si soy tan feliz que consigo la protección de mis compatriotas, desenvolveré un plan de estudios que creo apropósito para mi objeto. Dejaremos la Europa y sus tradiciones seculares, y cuando viajemos, será para admirar la robusta naturaleza, los gérmenes imponderables de la riqueza de nuestro continente: y no perderemos nada. Ahí tenéis pues, el primer número del Álbum de Señoritas, leedlo, juzgadlo y si merece vuestra aprobación se considerará feliz vuestra obsecuente compatriota.
Juana Paula Manso de Noronha.»
(Álbum de Señoritas, Nº 1, 1 de enero de 1854)
No hay que olvidarle las voces que inauguraron La Aljaba, La Camelia, o El Álbum de Señoritas no representaban a todas las mujeres. Sus redactoras pertenecían, en su mayoría, a sectores letrados y relativamente privilegiados desde el punto de vista socioeconómico y educativo. La posibilidad misma de escribir, editar y participar de debates públicos era, todavía, un privilegio al que pocas podían acceder.
Para fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Argentina atravesaba la inmigración, el crecimiento urbano, y la consolidación del movimiento obrero que modificó el mapa político y social del país. En ese contexto, surge una nueva voz femenina, proveniente ya no de los círculos ilustrados, sino de las fábricas, los talleres y los espacios de militancia obrera.
En 1896 se publica La Voz de la Mujer, con la dirección de la sindicalista y feminista Virginia Bolten. Fue un periódico anarco-feminista escrito por mujeres trabajadoras que desplazan el eje del debate: ya no se trata únicamente de reclamar un lugar para la mujer en la cultura y en la vida política, sino de denunciar simultáneamente la explotación de clase y la opresión patriarcal. Con un lema tajante “Ni dios, ni patrón, ni marido”, su escritura también lo era: denuncian los abusos de la iglesia, la violencia sexual y abandono de niños, llamando a las monjas y curas “parásitos de la sociedad”, y reconstruyen una narración de una confesión de una niña que es abusada por un sacerdote. Su crítica contra la sociedad burguesa era muy clara: “Lucharemos sin descanso contra la actual sociedad burguesa; combatiremos sin tregua todos los prejuicios y preocupaciones que en la niñez nos inculcaron hombres estúpidos, mujeres fanáticas y otros miserables que ponen su pluma a disposición de la canalla.” Con la consigna “Viva el Amor Libre!, critican al matrimonio como una institución de dominación, incluso, en uno de los números, anuncian: “A la compañera Lareva le avisamos que hemos perdido el original de "El Divorcio", y por tal causa no podemos publicarlo.” Esto es una cita perteneciente a 1897, en nuestro país la Ley del Divorcio fue promulgada en 1987, casi cien años después.
No pretendo hacer una simple cronología de revistas femeninas; sino exhibir la historia sobre cómo las mujeres en nuestro país fueron inventando espacios para hablarse entre sí, y cómo esa conversación cambia de forma, de clase social y de soporte, pero nunca deja de existir.
Dos siglos después, las mujeres ya no necesitamos ocultarnos detrás de un seudónimo para publicar una idea. Sin embargo, ¿cómo construir una conversación entre mujeres que no quede reducida a la aprobación inmediata o a la atención mercantilizada? Las páginas de La Aljaba, La Camelia y La Voz de la Mujer no sólo difundieron ideas, hicieron que mujeres que probablemente nunca se conocerían pudieran reconocerse unas a otras. Construyeron una comunidad. Quizá el desafío ya no sea conquistar un espacio para escribir, sino crear un lenguaje actual capaz de encontrarnos, de incomodarnos y de leernos entre nosotras más allá de los algoritmos y las estadísticas. Poder reconstruir la historia de estas revistas demuestra que la palabra nunca fue únicamente un medio para expresar ideas, sino una forma de inventar un nosotras. Es probable que ninguna de aquellas revistas imaginara el mundo en el que vivimos, pero todas entendieron algo que sigue siendo indispensable: cuando las mujeres escriben para otras mujeres, producen mucho más que palabras. Producen comunidad, memoria y resistencia.
Hoy las luchas son otras, pero también lo son las herramientas. Como ellas, nos toca hacer de nuestra voz un lugar de encuentro y de transformación. Quizá el mejor homenaje a aquellas revistas sea además de revisarlas, continuar escribiendo, leyendo y construyendo entre mujeres los lazos políticos y personales que ellas comenzaron.