
El discurso de victimización en la mujer: la implicación subjetiva en el trauma
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La víctima no es solo una identidad en la que la persona se posiciona, sino una categoría producida por discursos sociales, jurídicos y sanitarios. No trato de negar que las mujeres somos históricamente víctimas de actos de violencia sistematizados, pero sí pretendo interrogar cuál es el discurso alrededor de lo que se cataloga como “víctima” y qué consecuencias trae.
Su nominación es a partir de la construcción discursiva de un hecho traumático. El discurso en torno al trauma comenzó a desarrollarse a comienzos del siglo XX, casi en paralelo con el surgimiento del psicoanálisis y en el contexto de la Primera Guerra Mundial.
En la actualidad, se construye un Otro destinado a reparar los efectos del trauma. Mientras históricamente la función de “reparador” o “regulador” del acontecimiento traumático fue atribuida a los espacios jurídicos y terapéuticos, hoy en día se esparce de manera indiscriminada una otredad salvadora que otorga “reeducación emocional” y supone la salvación y alerta —sobre todo a las mujeres— de todo tipo de violencia. Así, se desparrama una variedad de contenido en redes sociales de influencers que pedagogizan el comportamiento narcisista o la personalidad “psicopática” de los varones.
Entonces, se configura un Otro que produce un discurso acerca del trauma, estableciendo posibles soluciones y determinando formas de asistencia que deben ofrecerse a quienes lo padecen. Sin embargo, cuando se enfatiza la causalidad traumática, se corre el riesgo de ubicar al sujeto de manera exclusiva en el lugar de quien padece, reduciéndolo a una posición de impotencia y de víctima.
El discurso de la victimización adquiere una fuerte presencia en la actualidad, muchas veces reducido a la posición de un sujeto inocente y pasivo, o a la nominación de “pobre víctima”. La práctica psicoanalítica implica y propone un sujeto que, a pesar de los encuentros con lo real del trauma, reconoce su implicación subjetiva, se atribuye algo (que no es lo mismo decir que reconoce una culpabilidad). En este punto, lo pertinente en lo discursivo es un pasaje de la posición de víctima a una posible subjetividad.
Una de las formas de tratar lo real del trauma es bajo la forma de la historización, pero esta no posee un sentido único ni definitivo, por lo que una historia orientada hacia la verdad no puede atribuir una única significación a un acontecimiento considerado traumático, sino que necesariamente debe recurrir a una construcción, no tanto del hecho en sí, sino de lo que se padece a partir de él. Aunque un historiador se esfuerce por verificar los hechos mediante archivos y documentos, no puede escapar de la dimensión subjetiva implicada en su reconstrucción.
Entendemos la crisis subjetiva a partir del trauma cuando los significantes —las palabras, las representaciones— de aquello que nos nombra y simboliza se tornan insuficientes y pierden su sostén como marco de realidad. En principio, podemos pensar que el nombramiento del significante víctima arma las coordenadas en las que se orienta el sujeto a partir del hecho traumático en una suerte de alojamiento.
La consideración de llamarse “víctima” suele tratar de evitarse debido a la debilidad y connotación negativa que se le atribuye al término, por lo que esta nominación generó que se vean más agradables otros, como el de “sobreviviente”.
Es inevitable traer a conciencia la cantidad de casos, sobre todo de abuso sexual, donde las mujeres manifiestan sentir vergüenza de un hecho que no generaron y del que tampoco son culpables, aunque son quienes mantienen los sentimientos de culpa y vergüenza —que el agresor no tiene— y que tienen como consecuencia el silencio prolongado y la denuncia “tardía”, efectos inversos que apoyan la victimización secundaria, también entendida como “re-victimización”. Esta se produce cuando instituciones, profesionales o el entorno social agravan las consecuencias del hecho sufrido, pudiendo generar un trauma adicional, acompañado de ansiedad, miedo, estrés, culpabilidad o sensación de indefensión. Un buen ejemplo de esto es el cuestionamiento hacia la mujer sobre por qué no habló antes, luego de una conducta pasiva frente a una agresión. De este modo, la culpabilidad o responsabilidad jurídica parece apuntar más hacia ella que al agresor.
La mayoría de las veces los casos de femicidios se titulan con el nombre y la cara de la mujer, no con la del femicida. Así la víctima cobra el lugar de objeto y no la posición activa de sujeto, convirtiéndola en una muestra de museo de la indefensión y de la pasividad, donde todo se sabe de ella —su nombre, su rostro, su vida, sus movimientos— sin ser reaccionaria, solo siendo víctima. Sólo siendo muestra. Se la somete al letargo y a la corrupción del sistema judicial y, además, a las víctimas y posibles víctimas se las educa y adoctrina en el supuesto saber epidémico de personas expertas en perfiles narcisistas de una violencia que suele ser presentada como resultado de una patología individual, dejando en segundo plano sus dimensiones estructurales y sociales.
Entendemos como responsabilidad subjetiva los casos en los que un sujeto puede implicarse en un trabajo psíquico en el trauma que supone escuchar, analizar, reflexionar, elaborar ideas, tomar decisiones y renunciar a determinadas alternativas.
¿Se puede encontrar alojamiento en la responsabilidad subjetiva sin que recaiga en la responsabilidad penal? La culpabilidad recae de manera injusta en la mujer cuando no hay un agresor que se haga nombre en el suceso que el ámbito jurídico nombra como hecho-delito. De esta manera, los sujetos asumen una posición subjetiva a partir de ser nombrados institucionalmente como “víctimas”, que es arraigada en muchos casos al silencio, a no comprender y a culpabilizarse.
¿No es el discurso de la victimización un modo constante de padecer sin cuestionar? Desde una perspectiva ética, se busca recuperar al sujeto responsable de su acto sin reducirlo solo a la categoría de víctima, ya que en ésta puede fijarse en una posición determinada e inmóvil. Entonces, pasar de la posición de víctima a la posición de sujeto del hecho traumático requiere una responsabilidad subjetiva que no tiene que ver con la responsabilidad por el acto del Otro (lo que entendemos como culpabilidad jurídica).
Cuando el trauma se explica desde una causalidad externa puede quedar anulada la pregunta por la posición subjetiva del sujeto frente a aquello que le acontece, y la victimización funciona como un padecimiento coagulado a esa categoría que inmoviliza la acción subjetiva. En este caso, el pasaje de la posición de objeto de un acontecimiento traumático al sujeto que toma la palabra es el que creo necesario para hacer algo frente a las ausencias de respuestas de un sistema que promete justicia.
El 11 de diciembre de 2018 Thelma Fardin realizó una denuncia pública acompañada por Actrices Argentinas, mediante una conferencia de prensa y un video difundido masivamente donde relató la agresión sexual que sufrió por Juan Darthés. La denuncia jurídica no alcanzaba para producir el efecto social que la denuncia pública produjo. En el caso de Fardin, la conferencia no fue solamente la exposición de un padecimiento individual. La presencia colectiva de Actrices Argentinas produjo un desplazamiento: del “me pasó a mí” al “esto nos pasa”. La consigna “Mirá cómo nos ponemos” produjo una interpelación colectiva que permitió desplazar la posición pasiva de quien padece hacia una posición de sujeto que toma la palabra y realiza un acto de denuncia. La responsabilidad subjetiva no recaería aquí sobre el delito sufrido, sino sobre la posición que el sujeto puede asumir frente a aquello que le aconteció.
Un año atrás, se había globalizado el movimiento Me Too después de que Alyssa Milano invitara a mujeres a compartir sus experiencias tras las denuncias contra Harvey Weinstein. La experiencia traumática deja de quedar completamente encerrada en la intimidad silenciada y encuentra un reconocimiento en el discurso del Otro. La otra mujer dice “yo también”, y mediante esa identificación se produce una comunidad de experiencias que antes permanecían aisladas, silenciadas o incluso contaminadas de vergüenza y culpa. No se trata del Otro reparador de la actualidad que intenta producir un saber sobre el sujeto: “yo sé qué te pasó, te explico el trauma, te enseño a reconocer al psicópata y te digo cómo protegerte”. Más bien, se trata de un otro que permita al sujeto producir un decir.
Respecto a lo planteado sobre la historización, el testimonio de otra mujer puede funcionar como un significante que permite reordenar retroactivamente aquello que había quedado sin poder ser dicho. En el caso de Fardin, ella misma señaló que el testimonio de otra actriz fue lo que hizo que pudiera volver sobre lo ocurrido años atrás, y accionar tomando la palabra. En Argentina, alrededor de 2018, el escrache adquirió un valor de herramienta denunciante cuando el sistema no otorgaba los recursos requeridos y necesarios ante casos de violencia de género. Entonces, la alternativa fue la denuncia social, y no la penal. Después de la denuncia de Fardin se produjo una multiplicación de testimonios y denuncias en redes sociales. El escrache no solamente denuncia al agresor; también modifica la posición de quien denuncia.
De ese pasado feminista, me interesa recuperar la figura de la víctima que toma la palabra. Es allí donde hay una inversión del miedo como ordenador social. El escrache, cuando el sistema hacía agujero, funcionaba como una herramienta de denuncia capaz de producir en los varones el temor de que sus nombres y sus caras sean vistos por todo el mundo. En ese momento se invirtieron los roles del miedo, ya no recayendo sobre quienes denunciaban, sino sobre quienes podían ser denunciados. Aún recordamos los nombres y los rostros de quienes fueron señalados como violentos hace casi diez años: no basta más que con cruzarlos en un lugar público para comprobar que el rechazo y la incomodidad que suscitan no pierde vigencia.
Hay una diferencia fundamental entre ésta y cierta construcción contemporánea de la víctima como una suerte de pieza de museo: todo se sabe de ella, todos hablan de ella, su historia es narrada, interpretada y exhibida, pero en ese mismo movimiento puede perderse aquello que la constituye como sujeto. No se trata de negar la condición de víctima ni de desconocer la violencia padecida, sino de interrogar qué sucede cuando la víctima queda reducida solo a esa categoría.
Por eso me interesa destacar la implicación subjetiva como movimiento: no para responsabilizar a quien sufrió una violencia por aquello que le ocurrió, sino para restituir algo de su posición como sujeto. La denuncia no es solamente el relato de un acontecimiento pasado: puede ser también una intervención sobre el presente y sobre el orden social que hasta entonces hacía posible ese acontecimiento.