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La última misa
Crónica · cultura popular

La última misa

por Camila Fernandez Steinbach

Acostumbrada a estar rodeada de uniformados y repleta del perfume rancio de los funcionarios, hoy la Plaza de Mayo se ve forzada a respirar un humo y el sudor que atacan desde todos los frentes, son miles de cuerpos que salieron en búsqueda del consuelo popular. El mismo asfalto que alguna vez vio las patas en las fuentes, tiembla bajo los borcegos y la lona gastada. Carlos Alberto Solari murió, y sus fieles, huérfanos de toda orfandad, decretaron la última Misa Ricotera donde todo empieza y todo termina: en el centro político de la memoria argentina.

Mirar la Plaza hoy, en este viernes que comenzó gris, como si Dios supiera que estamos de luto, pero dejando asomar el sol para que empiece la fiesta. No es una movilización tradicional; es, en el sentido más puro y visceral, el subsuelo de la patria sublevado que brota de las profundidades de la tierra. Es la Argentina invisible que emerge de las terminales de Constitución y Retiro, los desposedos de los cordones del conurbano, mareas de plebeyos con trapos ajados. Una congregación herméticamente indescifrable para los analistas de televisión, que avanza arrastrando sus dolores y sus glorias.

La frase de Scalabrini resuena en cada humano sin futuro que hoy llora abrazado a un desconocido, compartiendo una cerveza frente a las vallas de la Casa Rosada.

El Indio nunca necesitó la venia de los grandes medios ni las luces de la calle Corrientes. La genealogía de esta multitud no nació en despachos oficiales, sino en el cemento vivo de la historia. Antes de llenar estadios en el exilio de la llanura pampeana, el mito se talló en el piso pegajoso y las paredes sin revocar de Cemento, aquel templo laico de la calle Estados Unidos. De ese galpón frío donde el rock de la post-dictadura escupía su rabia, emergió el ADN de esta masa que hoy reclama el centro de la escena nacional.

Por eso, la estética que domina la plaza no es la del cotillón electoral, sino la iconografía soviética y trágica de OKTUBRE. Los trapos que flamean contra las ventanas de lo que fueron Ministerios no llevan nombres de candidatos si no los rostros encapuchados que diseñó un tal Rocambole. El paisaje es una postal de la desocupación y la resistencia: abrigos desgastados, remeras desteñidas por mil lavados y el eco de «Ya nadie va a escuchar tu remera» rebotando en las paredes del Cabildo como un manifiesto cínico de los hijos de la crisis.

Cae la tarde mientras los pasos empiezan a marcar el pulso del corazón ausente. El Parkinson alcanzó al cuerpo, pero la muerte civil del hombre no puede contra la eternidad del mito. En sus memorias, el Indio había dejado una última línea de resistencia: «Solo aspiro a que la muerte me encuentre vivo». Hoy, la Plaza responde que cumplió. La parca lo debe haber encontrado de pie, blindado por el amor más desmesurado de la cultura popular, acá abajo nadie está dispuesto a dejarlo morir.

Las masas se empujan, golpean y abrazan. Es un pogo místico, un llanto bajo las ventanas del poder, que mira con el pavor histórico que siempre les provocó la masa indomable. Los «descamisados» del siglo XXI ya no reclaman un aumento de sueldo, porque son cada vez menos los que lo tienen; disputan el sentido de la historia y el derecho a llorar a la voz que les dio una identidad cuando el Estado les soltó la mano.

Él ya no está en su casa de Parque Leloir ni en las pantallas gigantes. Se disolvió en los corazones de sus feligreses. El subsuelo volvió a subir a la superficie, dejando su marca de barro y fervor en las baldosas de la Plaza, demostrando que, mientras haya un pibe esquivando el vacío descifrando a gusto su retórica encriptada, la misa y el rock van a seguir quedando en sus manos.

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