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Semiótica del borramiento: la trampa de la «Libertad» sin el otro
Ensayo · Política

Semiótica del borramiento: la trampa de la «Libertad» sin el otro

por Cielo Manzi
· 5 min de lectura
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En el atlas semiótico del presente, pocas fórmulas han logrado una sintetización ideológica tan eficaz como el propio sello del gobierno: La Libertad Avanza. Convertida en marca registrada y consigna de época por la fuerza liderada por Javier Milei, esta denominación no es un mero slogan electoral; funciona como una declaración de principios que exige, paradójicamente, una condición de existencia feroz: la fragmentación del cuerpo social y el borramiento de la memoria colectiva.

Si desarmamos la arquitectura semiológica del nombre, la trampa se vuelve evidente. La Libertad es instalada como el principio absoluto del liberalismo de mercado, reducido a la propiedad privada, la transacción individual y la neutralización del Estado. En este esquema, el ciudadano es un “emprendedor de sí mismo” que no le debe nada a nadie ni requiere de la comunidad para desenvolverse. En el horizonte libertario, el otro no existe: solo existen competidores.

Por su parte, el verbo Avanza introduce una vectorización temporal implacable: un camino sin retorno hacia la mercantilización de la vida donde "avanzar" exige, como condición previa, borrar las huellas del pasado. Todo lo que evoque soberanía, historia compartida o solidaridad comunitaria es etiquetado como "retraso" o "colectivismo". La libertad oficial solo puede "avanzar" si el territorio y lo común retroceden.

Sin embargo, cuando contrastamos esta oratoria futurista con la praxis política cotidiana, la paradoja aflora de inmediato: la "libertad" en abstracto proyectada por el Ejecutivo se sostiene, en lo concreto, sobre el cerco, la restricción y la interdicción del encuentro popular.

La interdicción de los espacios populares: gramáticas de producción y borramiento

Para comprender cómo opera esta disputa, es imprescindible recurrir a la semiótica de Eliseo Verón. En La semiosis social, Verón demuestra que los discursos no son meros reflejos pasivos de la realidad, sino redes de sentido producidas bajo condiciones históricas e ideológicas precisas:

«Cualquier fenómeno social es, en una de sus dimensiones constitutivas, un proceso de producción de sentido [...]. No se puede comprender la producción de sentido si no se la analiza como una red de relaciones entre discursos».

(Eliseo Verón, La semiosis social)

La gramática de producción del dispositivo mileísta opera bajo una lógica de purificación semántica. Para que la "libertad avance", se vuelve necesario disciplinar el espacio público. Cuando el Estado ejerce o convalida la censura sobre símbolos populares —como la prohibición de banderas de Malvinas en estadios deportivos— o cuando despliega protocolos para vaciar la calle y calificar a cualquier reunión popular como una amenaza al orden público, no estamos ante incidentes aislados. Se trata de operaciones gubernamentales de interdicción semiótica.

Prohibir la memoria soberana o acorralar las expresiones de organización responde a una misma necesidad del proyecto político oficial: eliminar las marcas de la colectividad y, específicamente, de la argentinidad. La bandera de Malvinas o la plaza colmada son signos profundamente incómodos para la narrativa gubernamental porque recuerdan el hilo invisible de nuestra historia: que el suelo argentino no es una simple plataforma de negocios, sino una trama de memoria, soberanía y lazos comunitarios que ningún algoritmo ni ajuste fiscal pueden borrar.

Esta incomodidad frente a los símbolos compartidos se vuelve explícita ante la respuesta masiva del campo cultural y deportivo, que actúa como caja de resonancia de esa misma trama colectiva. Frente al intento del Ejecutivo de desmantelar la Ley de Tierras y habilitar la extranjerización sin límites del territorio, figuras con gran llegada al público joven como Lali Espósito, Emilia Mernes, Tini Stoessel, Nicki Nicole, Ca7riel, Dillom, Milo J y Trueno utilizaron su convocatoria para movilizar bajo consignas directas como «La patria no se vende» y «Defender la tierra es defender los derechos humanos». A ellos se sumaron voces del cine y la música como Dolores Fonzi y Juana Molina —quien advirtió que sobre el patrimonio común «tenemos que unirnos para protestar contra algo que es absurdo y que no tiene retorno»—, además de referentes del deporte como el futbolista Lisandro Martínez exigiendo que «las tierras argentinas no se venden».

El alcance de esta reacción pública trascendió lo meramente discursivo: la presión mediática y la convocatoria a la calle terminaron forzando al oficialismo a dar marcha atrás y retirar la flexibilización de la Ley de Tierras del proyecto parlamentario por falta de acuerdos. Del mismo modo, resulta llamativa la intervención de Lionel Messi al reconocer públicamente que «hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes». Tratándose de una figura que históricamente ha evitado posicionarse sobre la coyuntura política, sus palabras cobran un peso singular: ponen en evidencia que la empatía social y el reconocimiento de la realidad compartida persisten como un límite infranqueable frente a la ficción del individualismo absoluto.

Cuerpos en alianza frente al borramiento

Frente a una narrativa oficial que busca censurar la protesta, invisibilizar la memoria popular y recluir la existencia al aislamiento del mercado, la respuesta pasa por la restitución física de la presencia colectiva.

En Cuerpos aliados y la acción política, Judith Butler plantea que la verdadera resistencia democrática surge cuando las personas ocupan el espacio público para reclamar su derecho a lo común:

«Cuando los cuerpos se congregan en la calle, en la plaza o en otros espacios públicos [...], están ejercitando un derecho plural a la aparición; un derecho a existir y a persistir que es performativo en sí mismo.»

(Judith Butler, Cuerpos aliados y la acción política)

Habitar la calle, la cancha, el escenario o el barrio con nuestras banderas y redes de apoyo mutuo constituye la principal contra-ofensiva frente al dogmatismo libertario. Es esa irrupción física y discursiva la que desarticula la falacia individualista que el gobierno pretende naturalizar como sentido común.

La verdadera libertad jamás podrá nacer del "avance" sobre las ruinas de la memoria ni del borramiento del otro; es una conquista compartida que solo cobra sentido en el territorio, en la trama común y en el lazo comunitario.

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