
Un intento de… Lolita
Para hablar sobre Lolita me gustaría empezar situando en tiempo y espacio a su autor: Vladimir Nabokov es un ruso que emigra a Estados Unidos en los 40, escribe Lolita —su primera novela en inglés— en los 50, después de haber escrito algunas obras en su idioma natal. Intenta publicarla en Estados Unidos pero por el contenido de la obra —y la moral puritana yanki— no lo consigue. Cinco años después es publicada en una editorial francesa que mayormente editaba novelas eróticas; dato que Nabokov desconocía y que es la clave para entender la recepción que tiene la novela apenas es publicada. En base a esta interpretación de la obra, un año después escribe lo que termina siendo el epílogo que acompaña a todos los ejemplares de Lolita: “Sobre un libro llamado Lolita”, en el que señala la diferencia entre la literatura erótica y su novela y, además, defiende una función estética del arte por sobre una moral.
“Hay gentes sencillas que declararán sin sentido a Lolita porque no les enseña nada. No soy lector ni autor de novelas didácticas, y, a pesar de lo que diga John Ray, Lolita carece de pretensiones moralizantes. Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma.”
(Nabokov, 1956)
Una gran razón por la que valorar este libro es por la estructura narrativa que construye Nabokov, donde se mezclan varios géneros discursivos, hasta se incluyen cartas y algunos poemas. El relato está contado en primera persona, con un narrador que no es del todo confiable, pero que expone en crudo su humanidad, sus sentimientos, su historia, sus anhelos, y todo el tiempo deja en claro que es una memoria sobre algo ya ocurrido.
Humbert Humbert es un extranjero anarquista que escribe un diario narrando su historia de vida hasta su encuentro con Lolita y todo lo que sucede después. Comenta sobre su historial familiar, algunas de sus experiencias amorosas tempranas, y un registro muy propio sobre un determinado arquetipo femenino:
“(...) hay muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de las ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar o incluso cuadruplicar su edad). Propongo designar a esas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas.”
(Nabokov, 1955)
Al exponer esta idea, traza una especie de vínculo entre su primera historia de amor con una nínfula —cuando él también era un niño— y Lolita, la nínfula estrella del relato.
De la estructura narrativa cargada de un sentido tan particular se desprende una pretensión curiosa sobre el público: que actúe de jurado. H.H toma la posición de ser juzgado al contar sin pudor la historia que envuelve a los protagonistas. Utiliza varias veces a lo largo del texto la frase “señoras y señores del jurado” seguida por un “no me maten por esto que voy a decir”, o “al lector que está leyendo esto”, mostrando la intención de establecer una relación de complicidad entre el protagonista y el lector, un protagonista que a fin de cuentas ya está juzgado —tiene una sentencia, escribe desde la cárcel— y no necesariamente por nosotros, los lectores.
Me voy a permitir la vaguedad de no definir con ningún adjetivo la relación entre Lolita y H.H. pero si voy a decir que, sobre todo cuando la madre de ella ya no es parte de la historia, el relato deja confusas sensaciones: aparecen momentos amenos y donde se acompañan, se divierten, incluso existe hasta algún tipo de cariño. Y aún sin poder salir de la mirada tan dominante y absoluta que tiene H.H sobre la niña, aparecen muchos otros momentos más violentos, más devastadores, mucho más sombríos.
Esta ambigüedad sobre la proyección de los protagonistas, es decir, que de a ratos son la pareja cómplice que escapa de la ley y de a ratos son el secuestrador y la secuestrada, es una de las riendas por las que se deja ver de manera muy clara la interioridad de H.H. Si bien su registro está gobernado por el deseo y la perversión, también está latente su percepción de la dinámica víctima-victimario que se da entre ellos, aunque pueda admitirlo recién muy al final del relato:
“(...) pude ver desde el cuarto de baño, mediante una combinación fortuita de espejos y puerta abierta, una expresión de su rostro. No puedo describirla con exactitud, pero manifestaba un desamparo tan absoluto, que parecía diluirse en una nueva expresión, ésta más bien de confortable inanidad, precisamente porque ése era el límite de la injusticia y la frustración (...)”
(Nabokov, 1955)
Después de desglosar en capas las partes narrativas, literarias, morales y perversas de esta obra, quisiera responderme a mí misma, y seguramente a los lectores de esta nota, por qué decidí hablar de Lolita en mi primera entrega para Alquimia. No me interesa mucho mencionar qué cosas me pasaron a mí o qué sensaciones tuve leyendo esta novela, que seguro son muy parecidas a las que tuvo el resto, sino que quisiera enfocarme en por qué llega a calar tan hondo la repulsión y el asombro hacia este protagonista que a viva voz comparte su historia tan oscura. En general no es común, no tenemos muy a mano la declaración de violadores o pederastas, lo que solemos inclinarnos a decir es que son monstruos, que son seres aberrantes; y si bien de alguna manera lo son, Lolita es la antítesis de la figura de esa monstruosidad: H.H no puede separarse de su propia humanidad, nos lleva al fondo de su mente, nos cuenta sus especulaciones más perversas; es gracioso, carismático, sensible, incluso termina declarando lo tortuoso que le es que Lolita lo desprecie. Leer el relato de H.H, en el que deja ver su interioridad tan cruda, parece ser lo más cercano a una sentencia sincera de algo que pasa desde que el mundo es mundo: los violadores, los pedófilos, los femicidas no son monstruos, están en todos lados, son graciosos y genuinos, se refugian en la creencia de que son bestias que solo salen por la noche, cuando en realidad están más cerca de ser un tío, un amigo de la familia, un vecino.
Para hablar sobre el personaje de Lolita necesitaría una nota aparte, probablemente mucho más extensa y triste, así que me voy como arranqué, citando a Nabokov: “Fuera de la mirada maníaca del Sr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, solo existe a través de la obsesión que destruye a H.H”.