
para qué belleza
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Hace un tiempo salía de una clase que me había parecido fascinante mientras pensaba cuánto me importa ser inteligente, no por mera pedantería —o sí— sino en un paradigma de prioridades: en qué lugar se encontraba el “ser inteligente” y en cómo se había ido moviendo para arriba en ese ranking en los últimos años. Pensé en mi yo adolescente, en cuánto me importaba ser linda y en cómo eso se relacionaba intrínsecamente con ser joven, con la prioridad de estudiar mucho más abajo que la de divertirme. Ahora también me importa ser linda, claro, pero por suerte me importan varias otras cosas que van por encima de tal pretensión, de tal concepción de la belleza y la juventud. Me quedo dando vueltas en la cabeza y un día vi a una amiga y le conté esto un poco con tono de chiste. Debatimos, nos reímos, reflexionamos, agradecimos ser lindas y seguimos tomando cerveza. Al otro día me llega un mensaje: me quedé pensando en lo que hablamos ayer. Creo que me importa mucho ser linda. Respondí que por suerte nos interesa menos ser flacas e inducirnos a eso de las formas más horrorosas y dolorosas posibles. Ella respondió: sí, por ahora, mientras seamos flacas.
Me obsesiona sobremanera la intertextualidad en la vida cotidiana, y creo que muchas veces nos materializa lo junto y cerca que está todo, el entramado que se arma alrededor de ser mujeres, de tener veintis, de estar sumidas ante esta sociedad y estas pantallas que te dicen todo el tiempo que hay una más linda que vos, más inteligente, más cool, con más seguidores o favs en un tuit. Entonces no pude evitar preguntarme: ¿todas estamos pensando obsesivamente en ser lindas-flacas-cools? ¿En qué medida tenemos el canon de belleza tan atravesado en el cerebro ejerciendo limitaciones-opiniones con respecto a qué comemos, cómo nos vestimos, qué decimos, qué problematizamos y cómo llevamos la juventud siempre en relación con esos tres pilares (lindas-flacas-cools)? ¿Contra quiénes competimos? ¿A dónde queremos llegar?
Claro está que no estoy inventando la pólvora al querer problematizar este modo de pensar la belleza: hay mujeres hace años trabajando en esto, poniéndolo sobre la mesa. Sontag escribe en 1975 para Vogue:
“(…) No es el deseo de ser bella lo que está mal, claro, sino la obligación de serlo —o tratar de serlo—. Lo que es aceptado por la mayoría de las mujeres como una idealización halagadora de su sexo es una manera de hacer sentir a las mujeres inferiores a lo que realmente son —o normalmente crecen para ser—. Porque el ideal de belleza es administrado como una forma de auto-opresión.”
(Susan Sontag, “A Woman’s Beauty: Put-Down or Power Source?”, Vogue, 1975)
Escribe De Beauvoir en El segundo sexo que es la sociedad misma la que nos exige ser un objeto erótico, y un poco me perturba darme cuenta de que es una discusión muy dada pero muy poco resuelta, y cómo esa sociedad y el significante de ser un objeto erótico van cambiando y se van llenando de lo que tienen a mano, pero nunca abandonando la característica opresiva generación tras generación de mujeres. Pienso en cómo nos revolucionó la vida a las adolescentes que éramos en ese momento el feminismo dosmildieciocho; cómo genuinamente se sentía que las cosas iban a cambiar, todo lo que hablamos de la deconstrucción de mandatos normativos, cómo dejábamos de hacer muchas de las cosas impuestas y aceptadas por nosotras hasta ese entonces: empezar la primavera en la depiladora, no comer, competir todo el tiempo con la de al lado. Esa especie de cambio de paradigma social alineado con ser mujer que viví en carne propia, en un secundario no muy woke, en mi mismo círculo de amigas. La revolución estaba sobre la mesa, podías sumarte o dejarla pasar por el costado, pero que estaba pasando, estaba pasando. Y esto se sentía como un proceso cercano y posible (el de desarmar la belleza como único fin, como exigencia social), por eso me descoloca cómo en unos pocos años —menos de una década— los valores tradicionales nos volvieron a imponer la belleza asociada con la delgadez extrema, con la idea de ser “cool”, con la competencia de todas contra todas, con las “girl math”, con la idea de “solo soy una chica” que nos releva a ser, sencillamente, tontas. Es curioso, también, pensar con qué hábitos arbitrarios y personales de la deconstrucción nos quedamos y seguimos manteniendo hasta el día de hoy, y con cuáles no podemos romper, de manera consciente o inconsciente.
¿Qué pasó, entonces, del 2018 hacia acá? Bueno, muchísimas cosas, pero haciendo una mejor pregunta: ¿qué pasó en estos nichos de los que somos parte —las redes, las facultades a las que vamos, los proyectos que tenemos— donde la mayoría somos más tirando a progresistas y contemporáneas a un feminismo que parece haberse muerto? ¿Qué elementos se ponen en juego hoy? Porque claramente no son inyectarse bótox y ozempic: hay hasta una exigencia por la belleza pero “de nicho”, una exigencia de aprobación “del nicho”. Hay que no comer, pero siempre discretamente y con el velo de ser cool por encima. ¿Cómo nos atraviesa en este momento de la vida, sujeto a nuestras edades, a las condiciones socioculturales a las que estamos expuestas? En este momento del mundo que cada vez es más fascista, en el que las famosas compran bebés para no gestar y para no engordar: ¿qué feminidades estamos construyendo?
Reconocemos que seguir el canon al pie de la letra reproduce para nosotras mismas y para las demás una manera destructiva de ser mujeres lindas-flacas-cools, y tenerlo como único objetivo, esa cosa por la que daríamos todo, por la que pondríamos en juego nuestra salud mental por el resto de nuestras vidas. Me pregunto: ¿quiénes estamos siendo y cuáles son realmente nuestras batallas? ¿Qué buscamos conseguir o a quiénes contentamos siendo lo que nos imponen ser? Parece ser solo una carrera imposible de ganar y por demás agotadora.
No está de más mencionar, o preguntarnos críticamente, si hacemos todos estos esfuerzos para alcanzar ese ideal de belleza para gustar. Creo que es un poco heteronormativo encasillar a ese otro al que le queremos gustar solo como varones (sin pasar por alto la dominación que ejercen hacia nosotras, sus privilegios, su poder y el hecho de vivir sin estar sumidos ante las exigencias a las que nosotras estamos semi-obligadas a responder), entonces creo que sería mejor enmarcarlo en el paradigma del deseo. Es posible que nos hayamos creído el relato de que las chicas lindas-flacas-cools siempre la están pasando mejor que una, son el centro de la fiesta y salen con quienes quieren, tienen al deseo y al otro dominado ante ese patrón: si soy linda-flaca-cool, ¿quién me va a decir que no?, ¿quién se va a atrever a rechazarme? Mientras que en realidad esconde todo un entramado oscuro y auto-opresivo, severo sobre todo para con nosotras mismas. ¿Pensamos tanto en la belleza por el poder que se supone que nos da o porque somos esclavas de ese imperativo?
Dice Naomi Wolf en El mito de la belleza:
“(…) La ‘belleza’ es un modelo cambiario, como el patrón oro. Como cualquier economía, está determinada por la política, y en la era moderna occidental es el último y el mejor de los sistemas de creencias que mantienen intacta la dominación masculina. Al asignar valor a las mujeres en una jerarquía vertical de acuerdo a una norma física impuesta culturalmente, se expresan relaciones de poder en las cuales las mujeres deben competir por los recursos que los hombres se han apropiado.”
(Naomi Wolf, El mito de la belleza, 1990)
Como verán, traigo más preguntas que respuestas. Todas las mujeres estamos sometidas al ideal de belleza, y se le suma la exigencia de ser independientes, exitosas, inteligentes, graciosas, cabezas de familia, etcétera: la lista es interminable. Más allá de la teoría feminista que traigo a colación, la verdad es que es una problemática a la que le importa poco el sustento teórico; creo que es más valioso preguntarse una y preguntarle al entorno cómo vence a los fantasmas o les da de comer. Hacemos lo que podemos, no es cuestión de castigarse, pero sí es útil pensar cuál es el premio que creemos que nos espera cuando nos dejamos convencer de que lo más importante es ser lindas y flacas y nos inducimos a eso, cueste lo que cueste.
“(…) he ahí por qué algunas mujeres bonitas y aduladas pueden ser tristemente convencidas de que no son bellas ni elegantes, porque precisamente les falta la suprema aprobación de un juez a quien no conocen: se proponen un en-sí que es irrealizable. Raras son las coquetas soberbias que encarnan en sí mismas las leyes de la elegancia, a quienes nadie puede sorprender en falta, ya que son ellas quienes definen por decreto el éxito o el fracaso; mientras dure su reinado, esas mujeres pueden considerarse un éxito ejemplar. La desgracia consiste en que ese éxito no sirve para nada ni a nadie.”
(Simone de Beauvoir, El segundo sexo, 1949)